Un sueño cumplido

Carlos Hortelano
2 min readAug 8, 2022

Tenía yo siete u ocho años y era el día de Reyes. Tras obtener el permiso de mis padres, mi hermano y yo arramplamos en el salón como caballos desbocados para descubrir con estupefacción que no había nada. Ni siquiera carbón. Sus majestades no es que nos tuvieran tirria, simplemente indiferencia.

Pero hete aquí que mi madre nos descubrió una flecha de caramelos que indicaba el despacho de mi padre, el refugio donde él se encerraba para leer, tocar la guitarra o escuchar a los Beatles y la Creedence. Con una mezcolanza entre la congoja, no recuerdo si traducida ya en lágrimas, y la esperanza de las segundas oportunidades, entramos en la estancia.

Y ahí estaba: un flamente ordenador con el que mi familia se arrogaba su derecho a entrar en el siglo XXI. Un ordenador con una torre más alta que mi hermano, con sus altavoces, su micrófono, su escáner, su impresora, su monitor de tubo: la cúspide de la tecnología. Con su Windows 98, su Paint, la enciclopedia Encarta, unos videojuegos educativos de nombre «Trampolín», si la memoria no me falla.

Y el Word. Porque a mí lo que me gustaba era el Word. Yo sólo quería el Word. Con el Word podía trasladar al mundo digital aquello que llevaba tiempo haciendo en analógico: escribir un periódico en tamaño A4 y grapas, casi como el ABC. Recuerdo que vino un primo mío a ponernos a punto el ordenador y, como si tuviera delante al mismísimo Alan Turing, yo le preguntaba arrobado cómo poner letras de colores, cómo cambiarles el tamaño, cómo incluir imágenes.

Mi afición por el periodismo, y en concreto por la prensa escrita, la alimentaron los dibujos animados y los cómics: las películas de Tintin y una serie de dibujos animados llamada «Reporter Blues» que echaban por las tardes en Canal 2 Andalucía. Las aventuras del joven reportero belga y de una saxofonista parisina instilaron en mí las ganas de inventar historias y ordenarlas, dándoles toda la prioridad y lugar que la mente de un chaval de siete u ocho años puede concebir.

Años después llegó la radio, que hoy sigue siendo mi más oscuro objeto de deseo. Y la radio llegó en forma de noches colocando un transistor bajo la almohada para desesperación de mi hermano, con el que compartía habitación. Y llegó también montándome mi propio estudio y encontrándole por fin uso a ese micrófono que venía con el primer ordenador que entró en mi casa.

Cuento todo esto porque el niño que quiso dedicarse al periodismo ha conseguido esta semana cumplir un sueño: leer un texto suyo en la prensa. Desconozco si será puntual o se convertirá en cosa periódica pero es, de cualquier forma, mucho más de lo que mi yo que frisa los treinta años podía ya suponer.

https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20220807/derechita-reactiva-ley-poe/693550639_12.html

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