Un padre

Carlos Hortelano
3 min readMar 19, 2022

Situemos la acción: una tarde de agosto de 2010 en una habitación mediana. Un sofá burdeos y una butaca orejera de color zafiro y bordados blancos y dorados se disponen en torno a una mesa camilla a la que bien le hace falta una tintorería. Otros elementos accesorios: un tocadiscos, una balumba de LPs inextricablemente ordenados, dos o tres guitarras y un ordenador.

Esa habitación es el despacho que mi padre ha tenido siempre en casa y que durante ese verano, con el arrojo y la insolencia que dan los diecisiete años, yo he ido tomando woolfianamente propia por la vía de los hechos consumados, mi padre primero receloso y luego resignado. Ahí me dedicaba yo a tumbarme en el sofá burdeos a leer, escuchar música en un iPod nano de quinta generación o, simplemente, mirar el techo y pensar. Pensar mucho.

En esa habitación nos encontrábamos mi padre y yo esa tarde de agosto sabiendo ambos que se aproximaba la conversación más importante que nunca hemos mantenido. Ya había pasado el tiempo de que me colocara en su regazo, abriese la Espasa Calpe antediluviana que teníamos y se pusiera a enseñarme banderas de países que hoy no existen: Alto Volta, Ceilán; ni de que me enseñara a leer y escribir cuando no levantaba un palmo del suelo; tampoco de que me señalase coches y yo tuviera que decirle de qué marca eran; o de que me diera paseos interminables en un Ford Fiesta blanco buscando que el traqueteo cadencioso del coche consiguiera dormir al bebé que era. Ahora éramos ya un pretendido adulto de diecisiete años y un adulto comme il faut de cincuenta y cuatro.

Pero antes es necesario rebobinar la historia unos años atrás, cuando comencé a descubrir con pesar que yo no iba a ser lo que mis padres esperaban de mí. Durante meses traté de adaptar ese sentimiento, ese que en la literatura no se atreve a decir su nombre, para asimilarlo a lo que era debido. El experimento fue baldío y, visto lo quimérico de la pretensión, el siguiente paso fue el de una castración mental: yo no iba a ser lo que mis padres esperaban de mí, pero tampoco lo contrario, manteniéndome así en un limbo un tanto incómodo pero que no generaría demasiado recelo en ellos. Tampoco, en este caso, los resultados fueron los esperados.

Volvamos a la tarde de agosto de 2010 en la que mi padre y yo nos encontramos en torno a una mesa camilla raída de su -nuestro- despacho. El calor sofocante ha dado paso a una suave brisa marina que penetra en los intersticios de las persianas y aligera un ambiente sobrecargado de angustia y desazón. Son ya semanas en las que mis padres saben que les oculto algo y que, pese a sus denodados esfuerzos y su obstinada preocupación, yo no suelto prenda. Mi actitud es la del delincuente que no se presta demasiado a colaborar con las autoridades. Nunca me he caracterizado por hablar demasiado, y es frecuente que cuando necesito desahogarme pero la vergüenza y el miedo a decepcionar a mis seres queridos me atenazan, sean ellos los que terminen descubriendo, a fuerza de preguntas, qué es lo que me ocurre. Fue así como mi padre, en el más comprensivo y cauteloso de los terceros grados que se han efectuado nunca, terminó pariendo una pregunta cuya respuesta, un apenas sutil mohín acompañado de un llanto silente mas incontrolado, daba suficiente satisfacción. Después de eso recuerdo un tierno abrazo en el que las palabras no resultaron necesarias y un tiempo de soledad que yo solicité, y que mi padre aprovechó para contar a mi madre y hermano, ambos en el salón, que Carlos se acababa de quitar un peso de encima que le constreñía desde más tiempo del necesario.

Hace unos meses recibí un WhatsApp de mi padre en el que me decía que había tomado prestado un libro mío y se había fijado en mis subrayados: «son muy reveladores», adujo. Como yo había leído el libro recientemente y sabía qué fragmentos eran los que decidí destacar, recordé en ese preciso momento esa conversación estival producida once años atrás y, simplemente, le di las gracias. Él no dijo nada más, pero estoy convencido de que también lo recordó todo.

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